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REMANSOS DE ENSUEÑO, LAS HUERTAS Y LA GESTIÓN DEL AGUA EN AGUASCALIENTES, 1575-1960

Autor: 
Jesús Gómez Serrano
Año: 
2017
Precio: 
430
ISBN: 
978-607-852-358-0
Páginas: 
321
Idioma: 
Tema: 
Descripción: 
Muchas ciudades de la Antigüedad y de la Nueva España tuvieron huertas, que además de su visible función estética producían alimentos y aseguraban parcialmente la subsistencia de sus pobladores, pero en algunos lugares su importancia fue fundamental. En Aguascalientes se empezaron a formar huertas desde fines del siglo XVI, poco después de fundada la villa, y durante el siglo XVII se multiplicaron en forma asombrosa, impulsando el crecimiento y la consolidación del lugar. Los indios del pueblo de San Marcos tuvieron en sus minúsculos huertos la base indispensable de su subsistencia. Los barrios de Triana y Tejas se formaron como tales gracias a sus huertas, en las que había viñas, arboledas y chilares. A fines de la época colonial, las huertas eran tan numerosas que, aparte de su función tradicional, disimulaban la fabricación ilegal de chinguirito, un aguardiente hecho a base de piloncillo y salvado, no de uva. A lo largo de todo el siglo XIX siguieron prosperando y llegaron a ser tan importantes que el cartógrafo Isidoro Epstein llamó "plano de las huertas" al detallado levantamiento de la ciudad que formó en 1855, como si nos quisiera decir que Aguascalientes no era una ciudad en la que había huertas, sino un enorme huerto que formaba una ciudad. En total, había unas seiscientas huertas que, como dijo Eduardo J. Correa, eran uno de los rasgos más típicos de "Termápolis", pues rodeaban por completo la ciudad y le ceñían "el talle como una caricia"; en todos los barrios eran visibles estos "remansos de ensueño" y la ciudad parecía una "sultana de harem" que ocultaba sus encantos detrás de una cortina de seda verde. A fines del siglo XIX, el sistema de huertas se acercaba a su ocaso debido a la disputa por el agua, el crecimiento de la población, la industrialización y la emergencia de nuevos hábitos de higiene. Como dijo un cronista, las huertas fueron "engullidas por el progreso" y las últimas páginas de esa historia se escribieron a finales de la década de 1950, cuando se construyó la avenida Oriente-Poniente, que fue algo así como una loza de concreto que sepultó a la antigua "ciudad de las flores, los frutos y las aguas". Este libro comparte el espíritu de los estudios microhistóricos, en especial la idea según la cual el estudio intensivo de algunos detalles nos permite comprender mejor la estructura y el funcionamiento del todo. La reducción de la escala de observación y el estudio pormenorizado de las huertas a partir de una amplia masa documental permiten replantear asuntos que tal vez se daban por sabidos.