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LOS BRAGADOS DE SINALOA Y SUS CORRIDOS

Por Benigno Aispuro
Siempre es fascinante escuchar historias añejas sobre bandidos o de tragedias por rivalidades, rencillas viejas o pleitos de amores resueltos a puñaladas.
Las pasadas vacaciones leí con deleite, sorbo a sorbo, sin prisas, el nuevo libro de Oscar Lara Salazar , “Los bragados de Sinaloa y sus famosos corridos” (edición de la Universidad Autónoma de Sinaloa, 2017), que incluye siete crónicas bien documentadas y narradas de forma muy amena, sobre personajes de Sinaloa que dieron origen a siete corridos populares.
Yo sé que hoy el género se ha demeritado un tanto desde que cualquiera se los manda hacer por docenas y no se limitan a narrar hechos o recrear historias, sino que son ya meros panegíricos de la violencia y la delincuencia.
Seguramente antes también lo fueron pero trataban de disimularlo. Aun así, son muy subjetivos, dependiendo de qué bando los compusiera.

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Como se ve en este libro –cotejando la crónica con los versos-, en el caso del corrido de Valente Quintero y Martín Elenes, el provocador y borrachín se me hace que es Quintero, sin embargo es el que se oye más y da nombre al corrido.
A Rodolfo Valdez “El Gitano” se le pinta como un “guerrillero valiente”, y al asaltante “Tino” Nevárez como un luchador social contra la injusticia.
Los corridos tradicionales (también llamados “tragedias”, por su contenido) eran historias cantadas sobre sucesos reales, pero no al pie de la letra.
Constituían la nota roja de antes, pero también eran (o son) una épica, y quien los escribía, trataba de narrar objetivamente los hechos, con mayor o menor éxito (a Rosendo Monzón, quien escribió el de Valente Quintero, le reclamaban haberle inventado mucho).
Quien los escuchaba esperaba escuchar noticias de otras partes o entretenerse con una buena historia, en tiempos en que no había televisores, cine ni radio y apenas había diarios.

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Las siete historias detrás de los corridos que recrea Oscar Lara son las de Martín Elenes y Valente Quintero, Rodolfo Fierro, Valerio Quintero, Valentín Félix, Rodolfo Valdés “El Gitano”, Tino Nevárez y Atilano Escandón.
Algunos más conocidos que otros, todos sucedidos durante el siglo 20, mucho antes del auge del narcocorrido y de los corridos alterados.
Son historias bien documentadas, en las que se nota el trabajo de campo, que te permite describir por ejemplo, hasta detalles de la fiesta en la que se batieron en duelo el subteniente Valente Quintero y el mayor Martín Elenes, allá en Babunica, Badiraguato, año de 1922.
O el de Rodolfo Valdés “El Gitano”, de Aguacaliente de Gárate, Concordia, que a mediados del siglo 20 fue el brazo armado de los latifundistas del sur de Sinaloa contra el reparto agrario, un matón a sueldo para desalentar a los agraristas y asesinar políticos –entre ellos al gobernador Rodolfo T. Loaiza, en 1944- que impulsaran el ejido. Algunos lo consideran el primer sicario del narcotráfico, porque tuvo ligas con los primeros gomeros, pues ofrecía sus servicios a quienes le pagaran bien.
La tragedia de Valentín Félix –con datos tomados de esta investigación- ya la comenté recientemente. Un duelo a balazos en el rancho El Potrero de la Vainilla, Badiraguato, por allá en 1943, por rencillas de familia contra Santiago Payán. Este se apega más a lo que debe ser un corrido como una relación de hechos. No califica, solo narra.

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Y el de Florentino “Tino” Nevárez, un bandolero que tuvo en jaque al gobierno y a las minas de Cosalá a mediados del siglo 20, cuyo corrido trata de pintarlo como un “luchador social” porque repartía parte del botín entre la pobrada, aunque ya sabemos que –desde Heraclio Bernal o Jesús Malverde- esto se hace para crear una base social que los proteja contra el largo brazo de la Ley. Tras su último asalto a una avioneta, en 1963, Tino Nevárez desapareció y ya no se supo nada, ni Óscar Lara lo dice. Se perdió por allí a disfrutar sus mal habidas ganancias.
Otros corridos simplemente no los conocía, como el de Rodolfo Fierro, de Choix, el matón favorito de Francisco Villa, a quien apodaban “El Carnicero”, y de quien se dice que asesinaba por placer. En este caso, el corrido recrea su perruna muerte, en 1915, ahogado en un pantano de Laguna de Guzmán, Chihuahua, cuando iba cargado de oro que no quiso soltar ni cuando ya se hundía en el fango. Esta historia es la única de las siete que no transcurre en Sinaloa.

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Otro corrido es el del gavillero Valerio Quintero, originario de un rancho de la sierra baja de Badiraguato, hundido bajo la presa López Mateos, que, siguiendo la historia de Lara Salazar, dejó la milicia porque la Revolución prometía repartir los bienes de los ricos entre los pobres cuando triunfara, pero él se desesperó y, en aquellas aguas revueltas, se metió de asaltante para hacerse de riquezas. ¿Para qué esperar? Murió a manos de unos rancheros de La Terupata –otro rancho hundido bajo la presa- cuando lo asaltaba.
Cierra el volumen con el corrido de Atilano Escandón, que así nomás con el nombre no me dice nada, pero es el aviador del corrido “El avión de la muerte” que en días de la Operación Cóndor, tras ser detenido y torturado, lo obligaron a conducir una avioneta hasta Badiraguato (esto sucedió en 1979), y para vengarse, estrelló el avión contra un cerro tras denunciar por radio las perreces que le infligieron no sin antes hacer chillar de pánico a los que trasladaba.

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El libro, de apenas 148 páginas, es rico en anécdotas y en retratos de vida rural cotidiana, y además está ilustrado con muchas fotografías (lástima que en blanco y negro y algunas muy pequeñas), y pese a algunas erratas, es muy cómodo de leer.
En algunos relatos, como el de Valente Quintero, Valerio Quintero y Valentín Félix –los tres de Badiraguato-, se nota el trabajo de campo, la entrevista con los viejos, la tradición oral. En otros, como el de Rodolfo Valdés, se deduce que hurgó además en archivos de juzgado y en otras fuentes que no menciona.
Como haya sido, el arduo trabajo de años se nota en los detalles, por eso se sienten tan reales las historias.

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Los embriones de algunas de ellas los leí en los 90 en El Sol de Sinaloa, en una sección llamada “Crónicas sueltas de Badiraguato”, que Óscar ampliaría después a Sinaloa.
El tema da para más, pero falta quien tenga el interés de continuar esta labor ardua de cronista, de picapedrero, de gambusino de la historia, que ha realizado Óscar, de quien obviamente esperamos más trabajos como este.
Y ahora sí, ¡jálele al acordeón y rásquele a la guitarra, mi amigo, que la vida es un suspiro!